Según cuenta la leyenda, Juan Diego, bajó del avión, melena dorada mecida por el viento y expresión distante, junto a Igor, socio y amigo, y le susurraron algo al oído a Davilock, cabeza totalmente afeitada y ojos tan misteriosos y profundos como pozos. Ese algo tenía que ver con el Club Sonic y con el comienzo de una nueva etapa. Era demasiado temprano y Málaga aún dormía, así que no resulta difícil imaginarles a ambos como si de un par de conspiradores se tratase. Sin lugar a dudas, sería bonito decir que la culpa fue de Berlín y de sus calles nevadas y de su indiscutible magia, pero eso no sería del todo cierto, porque la idea del cambio ya planeaba por la cabeza de los dueños del club Sonic mucho antes de aquella romántica escapada. Pero fue justo después de volver de aquella lejana y gélida ciudad, cuando decidieron ponerse manos a la obra, como si el frío hubiese sido capaz de congelar a la indecisión y al miedo.
Finalmente, y después de no poco trabajo y no menos quebraderos de cabeza, el ya mítico club Sonic, se convirtió en el Velvet. Para muchos fue algo que ocurrió de la noche a la mañana, un salto brusco y repentino, algo como lo que le ocurrió a Gregor Samsa, el personaje de la novela de Kafka, que una mañana se despertó convertido en un insecto; pero nada más lejos de la realidad. Los responsables del cambio lo maduraron mucho y, en definitiva, detrás de la metamorfosis del club, se escondía una metamorfosis personal, una creciente necesidad de embarcarse en un proyecto nuevo.
Después de permanecer algunas semanas cerrado, por motivo de las obras, el número veinte de la calle Juan de Padilla, volvía a abrir sus puertas. A las noches de la particular ciudad malagueña les faltaba algo, y alguien tenía que arrojarse al barro para ofrecer una propuesta totalmente novedosa y diferente, una propuesta más variada, más ecléctica: diferentes dj´s y diferentes estilos musicales convierten cada día de la semana en una velada especial; conciertos y demás eventos artísticos y culturales encuentran cabida en el Club Velvet.
Para muchos era una especie de quimera hablar de un club así en esta ciudad, pero, Juan Diego e Igor –con la ayuda de Davilock- lo han hecho posible. Y, a pesar de que para algunos el Sonic era ya un lugar de culto en el que han vivido momentos inolvidables, hay que admitir que han conseguido su objetivo, han conseguido cerrar una página y abrir otra, y empezar a escribir una nueva historia que estará tan repleta de momentos inolvidables como la anterior.
El Velvet es un club espacioso, elegante, acogedor. Las paredes son de terciopelo y de su techo cuelgan lámparas victorianas. Salir una noche al Velvet es como viajar en primera clase; acomódense en sus asientos de piel roja, abróchense bien los cinturones, entreténganse con las imágenes proyectadas por las pantallas que cuelgan de sus paredes, y disfruten del espectacular viaje. Aunque eso sí, lo que jamás podrá garantizarle la tripulación chiflada de la recién fundada compañía de aviones de terciopelo es en qué aeropuerto tendrá lugar el aterrizaje, o el amerizaje, o tal vez lo más apropiado sea decir el alunizaje. Porque, ¿qué otra cosa cabría esperar de una nave gobernada por tripulantes benditamente lunáticos?.
En definitiva, el club Velvet, supone una nueva apuesta, un riesgo consistente en aglutinar a una mayor cantidad de público, de inquietudes, sin olvidar a los de siempre. Un club vivo, dinámico, abierto a multitud de propuestas. Algo que la gente de esta ciudad venía pidiendo a gritos desde hacía muchísimo tiempo. ¡Un club como dios o como Satán manda! Con buena música y con buen sonido (esto último es una auténtica bendición), acogedor y con buen ambiente. Antes tenías que irte fuera para encontrar algo así; ahora lo tienes al lado de casa. Bienvenidos al Club Velvet. Come as you are, vengas de donde vengas, y serás bien recibido.